Plantados en dolor, levantados para bien
- Lidia Montero
- 21 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Lectura bíblica sugerida: Jeremías 24:1–10
Versículo clave:
“Porque pondré mis ojos sobre ellos para bien… y los edificaré, y no los destruiré; los plantaré y no los arrancaré.” (Jeremías 24:6)
Reflexión:
Jeremías ve dos cestas delante del templo de Dios: una con higos muy buenos, otra con higos tan malos que no se pueden comer. Dios le explica que esos higos representan a su propio pueblo: algunos que fueron llevados cautivos a Babilonia y otros que se quedaron en la tierra. Lo curioso es que, a los ojos humanos, los que se quedaron parecían los “afortunados”, los que todavía estaban “en casa”. Los que habían sido transportados a Babilonia, en cambio, parecían los perdedores de la historia.
Sin embargo, Dios rompe nuestra lógica. Él llama “higos buenos” precisamente a los que fueron llevados al cautiverio. A ellos les promete: “los volveré a esta tierra, y los edificaré, y no los destruiré; los plantaré y no los arrancaré. Y les daré corazón para que me conozcan…” (vv. 6–7). Lo que para todos parecía un desastre, Dios lo estaba usando como un proceso para el bien, para darles un corazón nuevo.
Los babilonios se llevaron a los artesanos, a los herreros, a los que sabían construir y trabajar. Humanamente, fue una estrategia militar: dejar sin recursos al pueblo para que no se levantara contra ellos. Pero espiritualmente, Dios estaba usando ese mismo movimiento para “transportar” a los que Él miraba para bien. En medio del dolor del despojo, en un lugar desconocido, ellos llevaban una promesa: Dios iba a seguir con sus ojos sobre ellos.
Los higos malos, en cambio, representan a Sedequías, a los príncipes y al resto que se quedó en Jerusalén o que huyó a Egipto. Eran los que parecían estar mejor ubicados, pero Dios declara que, por su rebeldía y su dureza, terminarían por pudrirse. No eran víctimas inocentes de las circunstancias; Dios sabía que no se volverían a Él, aunque vieran las señales y escucharan las advertencias.
Y aquí la pregunta se vuelve personal:
A simple vista, ¿no parece obvio que todos quisiéramos ser “higos buenos”?
Sin embargo, ser higo bueno, en este texto, significó pasar por cautiverio, por pérdida, por incertidumbre… solo con una palabra de Dios sosteniéndolos.
Tal vez estás en una temporada que se siente así:
una especie de “Babilonia” personal donde has sido despojado de cosas que amabas, donde no entiendes por qué Dios permitió ciertos cambios, donde no sabes del todo qué viene después. Parece un castigo, parece un fracaso, parece que Dios te alejó.
Pero este pasaje muestra algo distinto: hay cautiverios que Dios permite para bien, para edificar, para plantar, para trabajar profundamente en nuestro corazón. Somos bienaventurados cuando Dios nos disciplina, porque eso significa que no nos ha dejado a la deriva. Él sabe qué proceso va a obrar bien en nosotros, aunque al principio duela.
La gran diferencia entre el higo bueno y el higo malo no es el lugar donde están, sino la postura del corazón y el propósito de Dios sobre ellos. Los buenos son aquellos a quienes Dios mira para bien, a quienes les dará un corazón para conocerle. Los malos son los que, aun con advertencias, eligen mantenerse lejos, endurecidos, sin volverse a Él.
Más que preguntarnos solo “¿qué me está pasando?”, este texto nos invita a preguntar:
“Señor, ¿qué quieres trabajar en mi corazón en medio de esto?”
Tal vez la prueba que hoy no entiendes está siendo usada para acercarte más a Él, para darte un corazón que realmente le conozca, y no solo le haya escuchado de lejos.
Para poner en práctica hoy
• Pregúntale al Señor:
“¿Estoy viviendo esta temporada como un higo que se amarga… o como un higo que se deja tratar por ti, aunque no entienda todo?”
• Para hacer:
Escribe en una hoja la situación que hoy te duele o te confunde y, debajo, escribe:
“Señor, si esto es parte de tu trato para mi bien, dame un corazón que te conozca más en medio de esto”.


